Casi lo único malo que tiene tener el mismo móvil desde hace 6 años es que te siguen llegando recordatorios de cumpleaños de gente que ya no está.
El sábado por la mañana sonó la alarma, encendí el móvil, y allí, en la pantalla, parpadeando, ponía "Abuela 92". El sábado mi abuela Antonia hubiera cumplido 92 años. Y no es que yo no sepa perfectamente que el cumpleaños de mi abuela es el 14 de Noviembre. Siempre estuve muy orgullosa de que cumpliéramos años el mismo mes, como si eso significara algo. Pero a esas horas de la mañana aún no era consciente de que era 14 de Noviembre, y el mensaje me pilló completamente desprevenida.
Cuando mi abuela murió, en 2005, yo estaba en Hamburgo. Mis padres me habían dicho que mi abuela estaba muy enferma y que se iban a Jaén a verla, que estba en el hospital. Yo estaba en clase de Biodiversidad, escuchando a unos compañeros exponer su trabajo sobre los lemures en Madagascar. Pendiente del (mismo) móvil. Muy nerviosa, sabiendo que algo no andaba bien. La clase terminó y el teléfono sonó. Era mi padre, que, con la voz rota, me dijo: "la abuela ha muerto". Me quedé sin habla y sentí un vacío en la boca del estómago. Empecé a derramar unas lágrimas silenciosas que nadie notó, o nadie quiso notar (los alemanes, afortunadamente, son muy discretos). Cogí mis cosas y me fui a casa. Nunca pensé que superar aquella muerte estando sola en un país extranjero se iba a convertir en una horrible costumbre. Tampoco pensé en aquel momento que llegaría un día en que me "acostumbraría" a ese sentimiento de impotencia, junto al de energía inacabable que parece querer rebosar tu cuerpo y romperlo todo alrededor.
Cuando volví a Sevilla unos meses después, acabado mi año de Erasmus, mi padre me contó que a mi abuela, de haber podido ir a la Universidad, le hubiera gustado ser científica.
Yo, por mi parte, ya hace tiempo que dejé de preguntarme qué tiene que ver eso con que yo lo sea.
El sábado por la mañana sonó la alarma, encendí el móvil, y allí, en la pantalla, parpadeando, ponía "Abuela 92". El sábado mi abuela Antonia hubiera cumplido 92 años. Y no es que yo no sepa perfectamente que el cumpleaños de mi abuela es el 14 de Noviembre. Siempre estuve muy orgullosa de que cumpliéramos años el mismo mes, como si eso significara algo. Pero a esas horas de la mañana aún no era consciente de que era 14 de Noviembre, y el mensaje me pilló completamente desprevenida.
Cuando mi abuela murió, en 2005, yo estaba en Hamburgo. Mis padres me habían dicho que mi abuela estaba muy enferma y que se iban a Jaén a verla, que estba en el hospital. Yo estaba en clase de Biodiversidad, escuchando a unos compañeros exponer su trabajo sobre los lemures en Madagascar. Pendiente del (mismo) móvil. Muy nerviosa, sabiendo que algo no andaba bien. La clase terminó y el teléfono sonó. Era mi padre, que, con la voz rota, me dijo: "la abuela ha muerto". Me quedé sin habla y sentí un vacío en la boca del estómago. Empecé a derramar unas lágrimas silenciosas que nadie notó, o nadie quiso notar (los alemanes, afortunadamente, son muy discretos). Cogí mis cosas y me fui a casa. Nunca pensé que superar aquella muerte estando sola en un país extranjero se iba a convertir en una horrible costumbre. Tampoco pensé en aquel momento que llegaría un día en que me "acostumbraría" a ese sentimiento de impotencia, junto al de energía inacabable que parece querer rebosar tu cuerpo y romperlo todo alrededor.
Cuando volví a Sevilla unos meses después, acabado mi año de Erasmus, mi padre me contó que a mi abuela, de haber podido ir a la Universidad, le hubiera gustado ser científica.
Yo, por mi parte, ya hace tiempo que dejé de preguntarme qué tiene que ver eso con que yo lo sea.

